El parteaguas del bien común
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El parteaguas del bien común
Conferencia inaugural Día Cero del Agua, Simposio SEA 2024
Autor: Jorge Martínez Ruiz
Antropólogo social egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia;
Doctor en Filosofía por el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos. Poeta, escritor y académico
Frateli tuti: estamos más solos que nunca en este mundo masificado, que hace prevalecer intereses individuales, y que debilita la dimensión comunitaria de la existencia; hay más bien mercados, donde las personas cumplen roles de consumidores o de espectadores.
Papa Francisco
I. El fetichismo de la crisis
Comienzo por plantearles en mi reflexión algo que he llamado “el fetichismo de la crisis”, y que se va a ir refiriendo también a este término, el día cero del agua, que yo creo que hay que cuestionar.
Como sabemos las cifras de la crisis del agua son espeluznantes: representan el drama que afecta a la humanidad, al grado de poner en peligro su supervivencia tal como ahora existe. Con el impacto moral calando el espíritu, quiero llamar la atención sobre la falsedad de varias ideas escondidas o latentes en la expresión “día cero del agua”, que se transmiten en forma de metadiscurso, y van conformando un imaginario fetichista que pervierte la comprensión, la enajena, e instala en la mente colectiva el pesimismo. Entonces la frustración nos abate, y ese es el estado de ánimo que busca imponer el insaciable monstruo hidrófago, la hidra del agua en que se ha convertido el régimen económico extractivista.
Los términos “colapso”, “catástrofe”, “agotamiento”, “día cero”, transmiten la idea de que se ha llegado a un límite inevitable, imposible de superar, una situación que escapa a las posibilidades de cualquier ciudadano común. La expresión “día cero del agua” genera angustia y tiende a propiciar soluciones aparentes, apresuradas, que a la postre hieren la naturaleza y perjudican al ser humano. Induce a pensar que la escasez conduce a una guerra del agua, cuando desde hace décadas que la escasez conduce a esa guerra del agua, pero es una guerra económica, es una lucha de clases. El “día acero del agua” es una moda que tiende una cortina de humo a la tragedia del agua por motivos egoístas, centrados en la economía al margen del ser humano y del ser, en sentido ontológico. Es una paranoia que evoca un espectáculo de zombies que vagan en la desolación de la sequía perpetua, peleando cada individuo con su prójimo por un trago de agua, es desconocer toda pauta de solidaridad. Tenemos que evitar la ansiedad de impedir el chantaje de un “Armagedón del agua” que nos culpa a los ciudadanos por irresponsables y derrochadores.
El fetichismo economicista del agua instala en la conciencia los siguientes falsos supuestos:
1: La crisis del agua desemboca en una catástrofe inevitable, fuera del control de las personas comunes.
2. La posibilidad de paliarla o postergar el desenlace fatal es tarea exclusiva de expertos, principalmente economistas e ingenieros.
3. La crisis sólo puede ser encarada mediante la construcción de más infraestructura y de tecnologías sofisticadas que suministren las cantidades necesarias del recurso hídrico para el progreso (ese mismo progreso que finalmente tiene una raíz extractivista).
4. La creencia, en apariencia de sentido común, de que en primer lugar hay que salvar la economía —por supuesto, la economía dominante, basada en el modelo capitalista y su expresión más infame, el neoliberalismo—.
En lo que sigue quiero reflexionar con ustedes sobre el significado y las consecuencias de estas ideas escondidas.
II. El sesgo económico
La crisis del agua a escala planetaria, lo vemos, es manifiesta cada día en los medios comerciales infectados de infodemia, y en las redes sociales, tampoco inocentes, se publican noticias, artículos e imágenes relativas al estado crítico en que se encuentra el agua. La frase “día cero del agua”, acuñada en Sudáfrica hace pocos años, como todos sabemos, para anunciar el fin de su disponibilidad, es ahora recurrente y de uso generalizado. La situación tiende a presentarse como un problema de abasto en relación con los procesos productivos y las necesidades de las poblaciones. Entre las fuentes que citamos, que son confiables para hablar del agua, están todos los organismos internacionales. Quiero llamar la atención de que estos organismos internacionales, como la ONU, etcétera, son organismos que son el resultado de lo que ocurrió en la Segunda Guerra Mundial; en realidad, estos organismos tienen como cometido fundamental desarrollar, difundir, establecer el modelo económico de los países triunfantes, es el modelo económico que estamos viviendo. En lo que tenemos en estos informes y cifras hay excepciones, es una tendencia a seguir eh utilizando un lenguaje en donde subyace la primacía de la relevancia de lo económico, digamos. Por supuesto que hay excepciones y que hay una serie de trabajos muy importantes, y de acciones y de instituciones que se derivan de este de este conjunto de las organizaciones internacionales. Un ejemplo, lo acabamos de ver con Pedro Arrojo y todo ese enorme sistema que se ha hecho. Sin embargo, pese a estas contribuciones excepcionales, me parece que sigue dominando en el discurso, y, sobre todo, en el programa de los organismos de Naciones Unidas, un sesgo economicista.
Entonces creo que hay una suerte de subordinación de la convivencia humana en la integridad de la naturaleza, a los objetivos del progreso cifrado en el crecimiento del PIB. Y no es de extrañar que así sea, pues esos organismos, como he dicho, surgieron del proyecto económico de los países triunfantes.
(Iba a citarles algunas cifras, pero todos las conocemos: los millones de personas que no tienen acceso al agua y al saneamiento, las cifras que hablan de esta tremenda crisis; pero son de todos conocidos, las voy a saltar para continuar con la reflexión.)
Si en el nicho de la ONU hoy se hacen recomendaciones de prudencia, orientadas a soluciones que regresan el agua a sus patrones naturales, se continúa sosteniendo de manera explícita o implícita, la primacía del agua como motor del desarrollo, por encima de la preservación de los ecosistemas naturales. Entre tanto, los miles de millones de personas en el mundo que no tienen acceso al agua potable siguen viviendo su eterno “día cero del agua”, y toda esa cantidad de seres humanos que no acceden al agua para satisfacer mínimamente sus necesidades de consumo e higiene, siguen atendiéndose en términos asistenciales.
Las soluciones que se plantean continúan haciendo énfasis en la inversión y en infraestructura, planificadas y construidas por agentes externos a las comunidades; y aun cuando se invoque la necesidad de contar con la participación social, ésta por lo general se reduce a una consulta de opinión sin consecuencias vinculantes.
Con todo y los avances que se registran, entonces, en los organismos internacionales dedicados al agua, los pueblos se siguen considerando como menores de edad, sin derechos e incapaces de tomar decisiones, y no como conocedores del agua en sus comunidades, con saber y capacidad práctica. En el mejor de los casos, son sujetos de atención, destinados a recibir recomendaciones, nunca los que asumen el control de la gestión del agua. Y así será mientras el caudal de los ríos se subordine al caudal financiero.
III. Ampliar la mirada
El impacto trágico de lo que observamos en el presente nos hace olvidar la historia. El análisis se concentra y reduce al momento sincrónico, al punto último del desastre, que suele ser el desenlace de historias de despilfarro y pillaje. Cada asentamiento humano se explica en función del agua. Los pueblos, sabemos, se hicieron sedentarios donde había agua y sal, mientras que en los ambientes de desierto y semidesierto surgieron culturas nómadas. Por ejemplo, algunos asentamientos del Norte de México se formaron en torno a las explotaciones mineras, pero a partir de la cercanía de alguna fuente de agua.
En su origen, los pueblos se adaptaron a la disponibilidad, y conforme evolucionaron fueron interviniendo el entorno con recursos de infraestructura. La reducción a la mirada sincrónica se puede ilustrar de otro modo: enfocados en el paisaje citadino olvidamos la destrucción de los sistemas riparios por el entubamiento de los ríos urbanos, que significan la muerte de la corriente de agua al convertirse en desfogue hídrico residual. Los ríos, que han sido el símbolo de la vida, quedan muertos, en prisión y en el olvido. El caso de Johannesburgo, muy citado en los preparativos de este simposium, la más grande área urbana sin tener un río cerca y una de las ciudades que han sufrido la amenaza del día cero del agua, es útil para ilustrar por qué se llega a la catástrofe. Ubicada en una región árida que se habitó desde hace miles de años por pueblos nómadas, la ciudad fue establecida por colonialistas europeos a fines del siglo XIX, con el fin de explotar sus canteras de oro, entonces recién descubiertas.
En la actualidad, la conurbación de Johannesburgo cuenta con 7 millones de habitantes que dependen del trasvase de agua desde fuentes ubicadas en Lesoto, distantes 300 kilómetros. Dada su ubicación geográfica, las características de su clima y su explosivo crecimiento demográfico, Johannesburgo depende por completo de la infraestructura hídrica, y no es de extrañar que su población perciba el fin del suministro como espada de Damocles. Este caso muestra la responsabilidad del colonialismo en la crisis del agua, es testimonio del saqueo, la injusticia y la depredación de la naturaleza, mediante la esclavización de pueblos africanos. Detrás del día cero del agua de Johannesburgo se oculta la historia de la ambición por el oro y los diamantes.
Y a todo esto, ¿alguien se acuerda de Nelson Mandela? La cerrazón de la conciencia en la expresión presente de la crisis es el primer obstáculo para comprender el estado en que la conjunción agua-humanidad se encuentra. Abrir la mirada a la historia, a su secuencia, es necesario para que la razón, habitualmente concentrada en las soluciones tecnológicas, se ensanche en un horizonte mayor que contemple otras dimensiones.
El agua fluye. Al tiempo cambia y permanece, y nosotros con ella; vamos juntos en cíclico devenir. No importa si nuestro comportamiento es bueno o malo. Lo sepamos o no, compartimos un destino común. ¿Cuántas veces un pueblo encontró una fuente para beber? ¿Cuántas veces la extravió, la enfermó o la agotó? Temprano o tarde, una y otra vez ha vuelto la lluvia limpia a renovar la vida, y la lluvia tormentosa a arrasarla, y su ausencia a desecarla. Pensar en un punto final del agua es, entre otras aberraciones, una arrogancia más del hombre, que se contempla a sí mismo como algo superior a las fuerzas de la naturaleza. Y es también un mezquino oportunismo que busca medrar con la tragedia que la ambición y desmesura de unos cuantos han causado. La arrogancia no exime al género humano de la culpa por haber envenenado las aguas del mundo, ni descarga a nadie de su responsabilidad.
El segundo obstáculo consiste en marginar a las comunidades locales de las decisiones respecto a la gestión del agua. Las prioridades nacionales o regionales se imponen sobre las necesidades, derechos y culturas de los pueblos. El trasvase de los ríos de una a otra cuenca, invariablemente implica el atropello de las consideraciones locales, como ocurrió y sigue ocurriendo en el caso del proyecto Cutzamala, con las comunidades mazaguas.
IV. El modo de producción extractivista
El modo económico extractivista, con sus 200 años de producción industrial, es el responsable del desastre, y lo es también del confort, basado en el consumo sin límite del pequeño porcentaje de las clases privilegiadas del mundo. ¿Quiénes, cuándo, cómo intoxicaron el agua? ¿Quiénes agotaron los acuíferos? ¿Quiénes se robaron el caudal de los ríos? En su encíclica Laudato si, el Papa Francisco sostiene que nuestra casa común ha sido destruida por un sistema empeñado en obtener a ultranza un rédito económico con la mayor rapidez y por encima de la preservación de los ecosistemas y de la vida humana.
El agua está inmersa en una problemática de orden social y técnico, simultáneamente económica, ambiental y de justicia, cuyo abordaje y posibilidad de superación remite en última instancia al modelo de sociedad, a una disyuntiva entre otorgar primacía al mercado o al bien común, en donde, por cierto, no se trata tanto de elegir como de encontrar formas de complementación. Y yo creo que este es justamente una tarea posible en este simposium: encontrar formas de complementación.
El extractivismo ha impuesto una imagen del agua al modo de un tanque de almacenamiento que la dispensa a cambio de un pago, igual que se hace para cualquier mercancía, en un centro comercial. La gente compra el agua junto con las papas fritas o el jamón, sin distinguir su naturaleza. El agua que sale al abrir la llave de un grifo borra de nuestra mente su devenir natural, lo que provoca un colapso espiritual de consecuencias devastadoras respecto al cuidado mutuo de la gente entre sí, y entre la gente y su entorno ambiental. Olvidamos la naturaleza y entramos en la “artificialeza” que dice Édgar Morán. Del mismo modo ocurre con los agricultores que extraen el líquido de pozos cada vez más profundos, tratando al acuífero como una simple cisterna, a disposición de su voluntad y de su capacidad para pagarlo. O con los industriales que gastan sin mesura el agua de primer uso y la desechan sin tratamiento. Pero fíjense ustedes que no se trata en todos estos casos de simples conductas personales, sino de la lógica económica neoliberal y de las estructuras, procesos e instrumentos que le son propios, los cuales finalmente se encuentran determinados por la pauta que obliga a maximizar las utilidades. El capitalismo bajo el estado de bienestar era tolerable; en el neoliberalismo es vituperable, es destructor sistemático de toda libertad que no sea la del mercado, pero no de cualquier mercado sino del usurpado y enajenado por las grandes corporaciones financieras. La libertad de mercado en el neoliberalismo desaparece bajo la dictadura de las megacorporaciones, que llegan a ser más fuertes que el estado mismo. Se constituyen en un enorme monstruo que reduce a las demás empresas a subsidiarias, en el mejor de los casos; esas grandes corporaciones determinan de uno u otro modo la administración de las aguas, ya sea por medio del control de normas y leyes los aparatos del estado, o por la vía de la corrupción. En consecuencia, el estado como autoridad del agua cede su control a las empresas privadas, y por tanto la soberanía nacional a las grandes corporaciones, mientras oculta la acumulación desmedida y la obtención de ganancias extraordinarias bajo la apariencia de propiciar la industria, la agricultura y el bienestar. Digamos de paso que el extractivismo se presenta por igual en la sociedad actual, cualquiera sea su ideología política, en las economías de base democrática o autoritaria que también hay que ir más allá de este mito; el extractivismo no es exclusivo de un de un sistema capitalista: está generalizado por todos lados, en China, en Rusia, en cualquier parte. El proyecto neoliberal se concentra en la producción, en el agua como insumo, sometida a intereses sustentados en la búsqueda de ganancias, sin importar las consecuencias de usarla, ensuciarla y regresarla contaminada, como veneno que intoxica toda la vida. Vean si no El Salto, antaño maravillosa cascada hecha mierda líquida, veneno mortal. El modo de producción extractivista es el origen del cambio climático que ha venido alterando el ciclo planetario del agua, hasta desembocar en la crisis que hoy enfrentamos.
No es una crisis espontánea o natural, es un gran problema construido por el modelo que idealizó la primacía del mercado y sacrificó, en aras del beneficio financiero, el bien común comunitario.
V. Crisis globales, historias locales
Es un problema que, no obstante su escala global, tiene historias locales que se expresan de forma particular, y es en esa escala y en cada lugar como habrá que pensar las causas específicas de la crisis del agua y las modalidades para lograr superarlas, con base en las capacidades vernáculas para articular el saber local y las tecnologías modernas, los recursos de los estados y la cultura de los pueblos. Pensemos por ejemplo qué sentido tiene hablar del día cero del agua con los habitantes de Juanacatlán y de El salto, aquí en el estado de Jalisco; estos pueblos tienen mucha agua corriendo por su famosa cascada, solo que no la pueden tocar y menos beber, a riesgo de intoxicarse y sufrir alergias mortales. ¿Desde cuándo la gente de estos pueblos vive su perpetuo “día cero de agua”?, ¿y por qué los miles de millones de pesos invertidos en las pasadas administraciones han sido por completo inútiles para siquiera mitigar la condición de infierno ambiental en que han sido arrinconados? Eso es lo que leemos en los periódicos. Pensemos en el día cero al revés: que quisieron imponer a las comunidades de Acasico, Palmarejo y Temacapulín, con la construcción de la presa El Zapotillo, una cortina de 100 metros de altura para llevar agua a Guadalajara y a León, sin importar que esos pueblos resultaran inundados. Después de 10 años de lucha lograron que la cortina no superara a los 80 metros, con lo que se evitó que quedaran sumergidos. La amenaza de un día cero por inundación se evitó gracias a la perseverancia del pueblo y a la sensatez no muy común de la Conagua.
Como vemos, la crisis del agua es global, pero las catástrofes son locales; y si no para evitarlas, al menos para mitigarlas, es necesario que las comunidades sean involucradas en la planeación y en la decisión. Involucradas, que estén metidas en la decisión, no en la consulta, no en pedirles parecer: en la decisión.
¿Y el Lago de Chapala? Pues otra historia de saqueo, especulación urbana contaminación y plagas de plantas acuáticas, hermosas y peligrosas flores cuya recuperación o extinción depende de que las benditas lluvias recuperen su abundancia por gracia divina, más que por acción de las autoridades. Hacia septiembre de 2024, hace unos días los expertos miraban al cielo esperando que el temporal elevara su volumen hídrico hasta el 58 % de su plena capacidad, y rogaban por la bendición de otros dos años más de lluvias abundantes para alcanzar los niveles de antaño.
Recuerdo en los años 90 la experiencia aglutinada de la oficina de comunicación del Lago de Chapala que dirigía mi querida amiga Mercedes Escamilla, aquí presente, que nació para buscar formas participativas de solución al problema de desecación asociado al crecimiento de lirio acuático, que cubría prácticamente por completo su superficie, afectando la demanda bioquímica de oxígeno. Fue esfuerzo que buscaba sumar la movilización social con las capacidades técnicas de las instituciones públicas encargadas de la gestión hídrica. A la postre la experiencia no prosperó por diversas causas, que en última instancia remiten a la persistencia de un modelo económico que es intrínsecamente depredador, extractivista, contaminador e injusto. Muchos otros intentos de salvar el lago siguen y seguirán ocurriendo, y fracasando.
VI. La hermenéutica del miedo
Ya que la expresión “día cero del agua” se ha instalado en la percepción colectiva, a la manera de una canción de moda que se repite sin querer en la mente. Habría que valernos de ese fenómeno comunicacional para propiciar una comprensión más profunda del problema contemporáneo del agua, ya que el temor a su escasez puede transformarse en un acicate que estimule la responsabilidad. Tomar clara conciencia de las causas de la crisis hídrica en el mundo y en nuestra localidad puede incentivar la reflexión y el “arrepentimiento” por el daño ocasionado por individuos, agentes económicos y sociedad. Pero también, y sobre todo, hacernos pensar en las causas y causantes del problema, y en sus consecuencias fatales para el ambiente y la sociedad.
El conocimiento de la irresponsabilidad puede ser la base para construir socialmente la responsabilidad. Vislumbrar la catástrofe, sentir que es inminente y que nos arrastra por igual, seamos causantes o afectados, puede abrir la conciencia y provocar nuevos actos, como quería el poeta Gabriel Celaya. “Somos responsables porque podemos ser irresponsables” reza la heurística del miedo, propuesta por Hans Jonas; cuando este filósofo, discípulo renegado de Heidegger, escribía su libro El principio de responsabilidad, publicado en el 79, se encontraba en su apogeo la amenaza de que los conflictos expresados en la víspera de la Guerra Fría desembocaran en una destrucción nuclear planetaria, incluyendo a la humanidad. La desmesura de la guerra, a la vez causada e impulsada por el desarrollo de la tecnología militar, alcanzó su cumbre con el lanzamiento de bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, como es de todo sabido. El encausamiento de la tecnología a fines de destrucción masiva, y su falta de control, es el emblema de la irresponsabilidad del ser humano, y su reconocimiento una vía para superarla. El tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, que entró en vigor en 1970, después de largos años de negociación, apaciguó los temores a la catástrofe, pero no eliminó la expectativa de que la humanidad pudiese sucumbir; es decir, la lectura de la irresponsabilidad fue insuficiente. En ese contexto, Jonas propuso reformular el imperativo categórico, ese que dice “obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio”. Poniendo en el centro la preservación de la especie humana, Jonas reformula el imperativo categórico con estos siguientes enunciados:
“Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la tierra. Obra de tal modo que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de esa vida. No pongas en peligro las condiciones de continuidad indefinida de la humanidad en la Tierra. Incluye en tu elección presente como objeto también de tu querer la futura integridad del hombre”.
Traer a colación la propuesta ética de Jonas tiene sentido porque el temor que suscita la crisis del agua comparte naturaleza con la angustia pertinaz del miedo de que la guerra, actualmente en un nuevo apogeo, desemboque en extinción de la vida.
En nuestro caso, sin menoscabo de asumir que las soluciones de fondo deben contemplar la gestión del agua en su dimensión e interconexión global, la asunción de la responsabilidad tenemos que plantearla en la escala adecuada a nuestras posibilidades de acción, en el territorio que habitamos, en el medio ambiente en el que estamos integrados. Pensar entonces la responsabilidad en el ámbito de nuestros pueblos y sus variadas formas de vivir el agua.
La hermenéutica del miedo aplicada a la amenaza de que se agote el agua nos impele a asumir la responsabilidad personal y comunitaria de restablecer la calidad de su ciclo socioambiental, y sostener su preservación actual y futura en tanto que basamento de una vida humana auténtica. Pero antes, estamos obligados a identificar en qué ha consistido la irresponsabilidad que condujo a la situación catastrófica de una escasez hídrica galopante, que al tiempo corresponde a realidades y ficciones, o más exactamente: a la manipulación de la ansiedad que esas realidades provocan en los niveles conscientes e inconscientes, individuales y colectivos.
VII. Perder el agua es una calamidad
Hace unos 10 años Yuval Harari daba por iniciada una etapa de la humanidad abocada a superar la muerte, una vez que el desarrollo científico y técnico de la modernidad occidental había permitido prácticamente vencer las tres calamidades más temibles: la peste, la guerra y el hambre. La brutalidad de acontecimientos, entonces muy poco probables, dieron al traste con los dos primeros milagros: la pandemia del Covid-19 literalmente paralizó al mundo y mató 15 millones de personas; el genocidio que está perpetrando Israel en Palestina, a raíz del ataque de Hamas, asciende a 40,000 asesinatos, la mayor parte niños y mujeres; y la invasión rusa a Ucrania acumula un millón de muertos, entre los dos bandos. Cada día estos conflictos escalan su intensidad y tienden a expandirse, aumentando el riesgo de un desastre nuclear de impacto mundial. La irresponsabilidad galopa a sus anchas y es patente que ninguno de los líderes leyó a Jonas; y en cuanto al hambre, la comida chatarra la ha transformado en epidemia de obesidad de los pobres, en tanto que el 1% de los que todo lo tienen prefieren ayunar. La crisis del agua acosa la producción de alimentos a tal punto que podríamos decir que el hambre cobra la forma de sed insatisfecha de cultivos y personas. Enfermedades, guerra y hambre, como malnutrición y sed sostienen su amenaza emboscados en la persistencia del error, que no se termina de esclarecer.
La conducta irresponsable, tan claramente percibida en la manipulación y la falta de control de la tecnología nuclear, permanece opaca en la trama, cuando la tratamos de identificar en campos distintos a la guerra. Si la bomba atómica es el símbolo de la irresponsabilidad, ¿acaso la construcción de presas, el entubamiento de ríos y el saqueo de los acuíferos son la imagen de la irresponsabilidad en materia de agua? Para algunos movimientos ciudadanos en el mundo y en México así se considera. Es el caso, por ejemplo, del Movimiento Mexicano de Afectados por las Presas y en Defensa de los Ríos, o del PRONAII, Programa Nacional de Investigación e Incidencia, que se llama “Los trasvases como dispositivos de desigualdad e inseguridad hídrica”.
Más allá de los conflictos bélicos, es un hecho que la tecnología es omnipresente para bien y para mal, en cada poro de la sociedad actual. Supeditada al desarrollo del mercado como en las economías neoliberales, se convierte en el corazón de la irresponsabilidad, por cuanto su fin no es el bienestar humano sino la obtención de beneficios.
Parafraseando a Jonas, podríamos proponer un imperativo específico. Involucrémonos en una gestión del agua que sea compatible con la vida humana auténtica y con la preservación de la integridad de los ecosistemas. (Aquí tenemos que hacer un desliz: el tratamiento de Jonas es desde la voluntad del ser humano individual, su libertad, su libre albedrío; pero nosotros estamos hablando de reivindicar la vida en común, el ámbito en común del agua.)
VIII. Elogio de la tecnología hidráulica
En el célebre ensayo Meditación de la tecnología, Ortega y Gasset sostiene "sin la técnica el hombre no existiría ni habría existido nunca; hoy el hombre no vive ya en la naturaleza, sino que está alojado en la sobrenaturaleza que ha creado, en un nuevo Génesis, la técnica”. Todas las cuencas hidrográficas del mundo están intervenidas por el hombre, trastocadas por la técnica en forma de infinidad de obras hidráulicas construidas con múltiples propósitos, pero siempre con el objetivo de someter el agua a su voluntad. Mal o bien, el dato es que las ciudades contemporáneas son inconcebibles sin ellas, y nadie en su sano juicio estaría de acuerdo en su demolición masiva, ni podrían continuar tal nuestras formas de existencia si faltaran.
La circunstancia actual las implica y nuestra percepción las incluye en el paisaje, igual que elementos geográficos naturales. Por excepción, un mínimo de cierto tipo de obras, como las represas, son susceptibles de demolición debido a que se hicieron obsoletas, presentaron fallas o se ha decidido restaurar su cauce primigenio. En Estados Unidos se han echado abajo 2119 presas. Pero en general las obras habrán de permanecer, porque prestan un servicio del cual ya no es posible prescindir, y porque en su momento fueron útiles y bienvenidas por las poblaciones correspondientes, que las concibieron en su parte inmediatamente benéfica, por supuesto sin tomar en cuenta los daños ecológicos y sociales que con el tiempo se hicieron patentes. En otras ocasiones las grandes obras hidráulicas se construyeron con fines estratégicos de control territorial. En el norte de México, sin el sistema de presas construido a partir de la creación, en 1926, de la Comisión Nacional de Irrigación, quizá ya no sería parte de esta nación.
La ingeniería hidráulica ha tenido y tendrá un rol estratégico para superar la crisis del agua, siempre y cuando se ponga claramente al servicio del bien común.
XIX ¿Qué tendríamos que hacer?
- Cambiar la economía para anteponer en la gestión del agua la primacía de los derechos humanos y el cuidado de la naturaleza.
- Repensar la construcción de infraestructura anclada en intereses de mercado, para evitar sus consecuencias que ya conocemos: mueven los ríos afectando las zonas de origen severamente, lo que puede incidir en provocar condiciones de sequía no determinadas por los regímenes de lluvia, alteran los sistemas de flujo gravitatorio los acuíferos, extinguen las formas de vida que le están asociados, y producen intoxicación en el consumo humano y generan regiones de emergencia sanitaria ambiental (eso es lo que tenemos que cambiar para evitar esas consecuencias).
- Las comunidades tienen que recuperar su derecho a controlar la gestión del agua —que en muchos sentidos es su agua—, o por lo menos tienen que intervenir en la selección de opciones de solución en cuanto a eficiencia, transparencia y respeto a la naturaleza y a la comunidad, en sus tradiciones y conocimientos; es decir, en cuanto a lo que podríamos llamar su episteme vernácula. En este sentido se ha abierto una ruta que marca un hito, con la fundación de la Contraloría Nacional Autónoma del Agua, recién creada con el objetivo de hacer frente a la crisis hídrica de México y defender derechos humanos colectivos relacionados con el agua.
- Asumir el programa que considera el agua como un bien común global, propuesta planteada en el informe de la Comisión Global sobre la economía del agua, expresado así: el agua es un ámbito común planetario para superar la manipulación economicista del término “bien común” como recurso productivo; también planteo que hay que dar continuidad al Programa Nacional Estratégico de Agua, el Pronace Agua, y a los proyectos de investigación e incidencia que lo conforman, y que impulsan un nuevo sujeto social que articula organizaciones de base comunitaria, academias, autoridades y empresarios, comprometidos con el bien común.